"Sobre la tierra, bajo la sombra"
La metáfora que identifica a las mujeres con la tierra es antigua. Tan antigua que ni siquiera conocemos su origen. Sabemos, eso sí, que los romanos la usaban frecuentemente y que, antes de ellos, Platón la utilizó en el Timeo. Quizá surgiera al mismo tiempo que la agricultura o puede que existiese desde antes, aunque es probable que esta innovación cambiase para siempre su sentido. El cuerpo femenino, en la lengua de la poesía, pero también de la cotidianidad, en términos médicos y al mismo tiempo morales, es la tierra que da su fruto. Vida y agricultura, reproducción y cosecha se entremezclan en el lenguaje, en las imágenes y en las ideas atravesando el tiempo y dando forma al imaginario de lo femenino.
Pero esta metáfora, que equipara el crecimiento de las plantas con la capacidad casi milagrosa de traer criaturas vivas al mundo, está lejos de ser algo inocente. Cuando se habla del cuerpo de las mujeres como tierra, se insiste en que debe ser arado. Se incide en la necesidad de su domesticación, del mismo modo que el trigo salvaje se doblegó para darnos el pan. La metáfora agrícola que permea a esta milenaria vinculación entre la tierra y el útero tiene una raíz violenta; una violencia que compartimos desde entonces la naturaleza y las mujeres. El patriarcado ha entablado con las dos una relación de dominio y de control y, con el auge del capitalismo, de explotación y presión hasta el agotamiento. Las campesinas, que conviven con la naturaleza, conocen bien esta experiencia y, a veces, han compartido con la tierra sus lamentos.
En el mundo rural lo doméstico extiende sus alas más allá de las casas y se despliega en los campos cultivados, en los ríos y en los bosques. El hábitat se llena de personas, de utensilios, de huertas y ganado. Aquí el clima se vive y los años se cuentan en cosechas. El particular vínculo que une a las mujeres con la naturaleza, convertida en un paisaje rural poblado, las hace portadoras de una sabiduría especial. Sus recuerdos se construyen en base a un conocimiento exhaustivo de las líneas genealógicas; de los cambios y evoluciones de las tradiciones, costumbres y oficios; de evocaciones que se agolpan en los lugares clave de su medio: la fuente, el lavadero, la plaza, la iglesia, la era, la ermita… Y los objetos, muchos de ellos reconvertidos en material etnográfico, son los principales vehículos de esa memoria vinculada con la tierra.